
Han pasado cinco años desde que comencé en la jardinería con un huerto en mi hogar. Lo que comenzó como una forma de relajarme y cultivar alimentos, pronto se transformó en algo mucho más significativo: un espacio especial donde mis nietos y yo podemos unirnos, crear recuerdos y aprender juntos.
Nunca supe que tenía buena mano para las plantas, así que para no decepcionarme ni sentirme abrumada, empecé poco a poco, con algunos tiestos y plantas. Pero con los años, nuestro jardín ha florecido.
Mis nietos se emocionan mucho cuando me acompañan al jardín. Juntos aprendemos no solo a cultivar alimentos, sino a tomarlo suave y apreciar las cosas sencillas.
A medida que cambian las estaciones, también cambia nuestro jardín. En el otoño, parece especialmente productivo. El brócoli, las zanahorias y las remolachas crecen fuertes, y las temperaturas más frescas hacen que todo prospere. Hay algo maravilloso en cosechar los vegetales que hemos cuidado durante toda la temporada—ya sea la dulzura crujiente de una zanahoria recién sacada de la tierra o las cabezas verdes y vibrantes del brócoli.
La jardinería con mis nietos nos ha enseñado valiosas lecciones:
La paciencia es clave – Las plantas no crecen de la noche a la mañana. Hemos aprendido que lo bueno toma tiempo, y que cada semilla que plantamos necesita cuidado y atención.
La responsabilidad – Cuidar el jardín implica estar presente, incluso cuando hace calor.
La gratitud – Nada sabe tan bien como aquello que has cultivado con tus propias manos.
Ahora, el jardín es más que un pasatiempo. Es donde se desarrollan historias—sobre la creación de Dios, la vida, el crecimiento, el cambio y la unión familiar. Es donde le enseño a mis nietos y ellos me enseñan a mí.
Deseo pasar muchas más temporadas de siembra, cosecha y, lo más importante, de seguir creando recuerdos con mis nietos.
















